EL MACHISMO DAÑA SERIAMENTE A LA HUMANIDAD

EL MACHISMO DAÑA SERIAMENTE A LA HUMANIDAD

En este período en el que se intenta equiparar a la izquierda con la derecha, al feminismo con el machismo; en estos tiempos en los que parece que todo el mundo tiene las mismas responsabilidades y las mismas oportunidades, el machismo sigue dañando seriamente a la humanidad.


El sistema de abuso tiene poder para construir falsa apariencia de igualdad, bienestar que genera cierta euforia y nos alimenta la esperanza de que bajo este modelo cualquiera puede ser presidente de los EEUU. Cualquiera, salvo una mujer.

La profunda desafección de lo colectivo, la misoginia y el racismo que nunca se fueron, la falta de compromiso con el bien común, la idea del “todo vale”, la creencia de la supremacía frente al diferente son parte de la explicación de que un salvaje adaptado del sistema capitalista y patriarcal sea presidente de la nación más “poderosa del mundo.

La crueldad ha estado de un lado, la violencia también. No es un conflicto el que vivimos sino una guerra no declarada contra las mujeres que se cobra cada día miles de vidas en el mundo entero. Vidas con rostro, vidas con cuerpos, vidas con Derechos. Tenemos un deber de recordar, el olvido no es posible. Tenemos un deber de recordar pero no a la “mujer” sino a Nagore, Marta, María, Olga y tantas y tantas que ya no estarán para contar sus propias historias.

La propuesta feminista es una propuesta para la humanidad mientras que el machismo daña seriamente a la humanidad y nos vuelve más vulnerables, más insensibles.

No queremos actuar mediante una mera acción –reacción. Ahí se manejan muy bien los agresores materiales, llevan años entrenando. Son sus reglas de crueldad, abuso de poder, violencia. Son sus reglas de juego, en las que no queremos entrar.

Se acerca el 25 de noviembre y nos toca hablar, de lo que ya, hablamos todos los días. Desde la rabia, la indignación pero también desde la certeza de que las mujeres ya no nos vamos a callar, ya no nos escondemos. Toca romper con el silencio de las víctimas. Toca a los machistas asumir la vergüenza por haber practicado durante tantos años el machismo de la broma y el machismo asesino.

La violencia siempre es estratégica y cimentada en valores culturales, la autodefensa no. A través de los cursos de autodefensa feminista realizamos un ejercicio de defensa pero no solo ante las situaciones de violencia, ante las que estamos hartas, sino ante todas las situaciones donde se vulneran nuestros Derechos. Como cuando nos dicen cómo tenemos que opinar, vestir, salir, si podemos volver a casa sintiéndonos libres. Estamos hartas pero el hartazgo no nos puede llevar a pensar en utilizar las mismas herramientas patriarcales. No son cursos de defensa personal sino cursos de empoderamiento desde lo sicológico, desde el Derecho al propio cuerpo, desde la capacidad de poner límites. Porque a mayor igualdad en mi vida, en mi cuerpo y en mi cama, menor violencia. Y eso no es solo cosa de mujeres.

La información por sí misma no produce un cambio. Tenemos una responsabilidad ética de aumentar la sensibilidad, sumar conciencias y compromiso de actuación. Corremos el riesgo de que el sufrimiento ajeno nos conmocione como un ejercicio de sensibilidad humana de sobremesa o que, una vez de visto el sufrimiento, decidamos seguir viendo y entonces, actuar frente a todas las formas de violencia y discriminación.

El programa “Salvados” nos ha mostrado los rostros del sufrimiento que genera nuestro modelo de consumo en el Congo con miles de mujeres violadas y miles de personas exclavizadas. Un consumo que nos da la falsa apariencia de bienestar. Si tiramos del hilo conductor de nuestra “felicidad”, de nuestros productos de consumo, descubriremos con vergüenza que nuestra ropa, móviles, etc. están manchados con sangre. Quizás y solo quizás esa vergüenza nos lleve a un compromiso de responsabilidad desde nuestra forma de consumir. La fragilidad humana es algo que nos une a todos los seres humanos. Yo podría ser una mujer del Congo, podría ser.

Las movilizaciones de este verano en Euskadi contra la violencia sexual no deben quedarse en un mero acto emocional simbólico y deben de ser la representación social, de las mujeres y los hombres, que creemos que “no es no”. La sensibilidad es un síntoma de que nos sigue quedando humanidad.

Convirtamos nuestra emoción en una solidaridad permanente para con las víctimas y en una ruptura social con la impunidad en la que han vivido y se han manifestado los agresores. No miremos para otro lado, la violencia está cerca de todas-os. No le sonriamos al machista, no le votemos, no pensemos que no es cosa nuestra, no creamos que son cosas de pareja. Los delitos nunca son hechos privados.

Acompañemos a las víctimas y rompamos con el silencio, situando la vergüenza en los agresores. Porque son hijos sanos del patriarcado que no aceptan que sus reglas ya no valen, que no aceptan un no por respuesta, que no quieren convivir en igualdad con las mujeres.

La violencia sexista siempre ha excedido a los sujetos materiales, por lo tanto, la respuesta no puede ser aislada ante los casos puntuales que, por otro lado, nunca han sido aislados ni puntuales.

Los cinco violadores de San Fermines no nacieron siendo violadores. Lo que sucedió es que nadie les paro, nadie dejó de reírse, nadie les puso límites, nadie ni nada les avergonzó. Fueron creyéndose, cada día, más poderosos sobre las mujeres. Como Donald Trump que, a su vez, en su “todo vale” repudia a “todos” los mejicanos por violadores. Debe de ser que los mejicanos machistas pueden violar pero en México, “cada machista dentro de sus propias fronteras”. Es el juego de la confusión. Como el Gobierno Español que dice querer luchar contra la violencia pero solo destina el 0,01% de su presupuesto a la igualdad.

Es el juego de aquellos que siempre buscaron equiparar los daños, equiparar las responsabilidades. Alguien pensará que podemos llegar al mismo nivel de falta de ética, de máxima crueldad, porque es crueldad lo que se ejerce contra las mujeres. Es una crueldad que no tiene límites, generando nuevos relatos ante los que hay que estar alerta para que no se nos cuelen como los relatos verdaderos.

Las palabras no tienen los mismos sobreentendidos, el mismo trasfondo semántico. Para poder entender la violencia sexista tenemos que tirar del hilo del conductor de una ideología que la practicamos todos los días con nuestra forma de relacionarnos, de amar, de consumir. Cuando un maltratador le dice a su compañera: “Nadie podrá quererte tanto como yo” “nunca he querido así”, no tiene el mismo trasfondo semántico para él que para ella. Él lo utiliza como una forma de engaño, una estrategia para mantener atrapada a la mujer en “el ideal de amor romántico”. Un ideal basado en el desprecio, el sentido de pertenencia se impone a través del control, la subordinación, en el finiquitar las relaciones desde el odio. Donde el esquema de pensamiento es “o domino o me dominan”, este es el esquema de pensamiento del orden machista. Que no es equitativo ni aleatorio, es contra las mujeres; que no es descontrolado, sino para ejercer el control sobre las mujeres; que no solo aniquila vida de mujeres sino que aniquila nuestra capacidad para actuar.

Se siguen imponiendo las mismas reglas de juego en lo político, lo social y lo relacional. Reglas de juego basadas en la dominación, en el poder sobre las/los diferentes. Modelo del “todo vale” mientras yo domine, mientras salga lo que yo quiero, mientras yo imponga, mientras yo me enriquezca. La guerra es un producto masculino, de ese modelo de pensamiento, de dominación, del que se puede salir. Esa salida no puede ser meramente un proceso de sensibilización, de quedarnos en la superficie de los hechos, en lo evidente. Hay que ir al hilo conductor de esta lógica de dominación. No solo las palabras no tienen el mismo trasfondo semántico sino que los hechos no tienen el mismo valor social dependiendo de si lo hace una mujer o un hombre.

La violencia contra las mujeres es una expresión de la desigualdad y su vez del miedo de los varones machistas a la igualdad. El patriarcado está en crisis y por eso les dan miedo las mujeres libres. Esta crisis de legitimidad ha supuesto un recrudecimiento de la violencia contra las mujeres. Antes la violencia era derecho natural de los varones con natural obediencia de las mujeres, yo te protejo del resto de los hombres, tú me obedeces. Ahora, vivimos una victimización de los agresores materiales. Las estadísticas dicen que nuestros jóvenes siguen practicando el machismo y hay quien se asusta. ¿Acaso, creemos que el machismo se fue alguna vez? Tomó nuevas formas de representarse, nuevos cuerpos, palabras más suaves, pero nunca se fue. Nunca conseguimos erradicar el machismo y la desigualdad de nuestras vidas y eso facilita no poder entender este contexto en el que se sigue ejerciendo la violencia contra las mujeres como un ejercicio de legitimidad machista. Ah, no, perdón!, que lo hacen sin querer, desde el descontrol, porque no les queda otro remedio, porque sienten celos…

Lo podremos decir más alto y pero no más claro, lo que discrimina y mata a las mujeres es el machismo. Y lo que hace que se perpetúe es nuestro sistema de valores y nuestra inacción a nivel institucional, social y relacional. A alguien se le olvidó contar la historia de nuestras abuelas, de nuestras bisabuelas. Una historia de violencia y desigualdad. Pensamos que eso era de otros tiempos pero ni siquiera “eso” lo identificamos. No pusimos en lo concreto la expresión de esa desigualdad, el trasfondo de la violencia, no pusimos rostro al sufrimiento.

Los medios de comunicación, muchas veces, hablan de pelea que acaba con resultado de muerte equiparando al agresor y a la víctima. Que no nos confundan, no es un conflicto, ni una pelea entre iguales. Es violencia machista en un contexto de desigualdad que acaba en asesinato.

Los agresores y sus ideólogos siempre nos tendrán enfrente, a cara descubierta porque son ellos los que tiene que sentir vergüenza. Necesitamos actuar frente a los casos materiales de violencia, frente al machismo caballeroso, frente al machismo de la broma, porque todos ellos matan, todos ellos facilitan una identidad subjetiva de los varones que les vincula con la violencia como un rasgo natural.; que les vincula con la guerra, con los héroes, con los genocidas.

¿Conseguiremos salir de nuestro embotellamiento sexista? Porque del machismo se puede salir. Tiremos del hilo conductor de nuestros mensajes, anuncios, películas y sintamos la obligación de no morir por amor. No es el amor el que viola o asesina, es el machismo más salvaje. Su historia comenzó mucho antes y sigue.

Ahora tenemos la información podemos impactarnos un momentito y luego seguir con nuestras vidas o podemos decidir que basta ya. Lo que hagamos con ella facilitará las invisibilizaciones, discriminaciones, violaciones y asesinatos de mujeres o que hagamos un cambio de modelo.

Nunca más nos riamos con el sexismo que eso, de a poquitos, generan a la gran bestia. Tenemos la oportunidad, tenemos la capacidad, hagámoslo real.

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